17/11/2025
Cuando alguien se ríe de su propio trauma, casi nunca es la adulta la que habla. Es la niña interna que un día aprendió que sentir era demasiado peligroso. Esa niña descubrió que si convertía el dolor en chiste, podía alejarse rápido de la emoción y evitar desbordarse. Y desde la mirada gestáltica entendemos ese gesto como un mecanismo de evitación de contacto: una forma de desviarse justo antes de tocar la experiencia real, porque en su momento sentir no era una opción segura.
Este mecanismo cumplió una función muy clara: proteger. La risa defensiva bajaba la intensidad del impacto emocional, la mantenía a salvo en un entorno donde llorar o pedir ayuda podía traer más dolor, más rechazo o más soledad. Por eso, muchas personas siguen usando ese recurso sin darse cuenta: porque fue eficaz, porque alguna vez les permitió sobrevivir.
Pero el costo aparece más adelante. Esa evitación de contacto impide elaborar lo vivido. Las emociones quedan encapsuladas, sin integrar, y la persona se convence de que“no le afecta” cuando en realidad su cuerpo sigue sosteniendo una tensión que nunca tuvo lugar para expresarse. Y además, cuando el dolor aparece disfrazado en humor, se corta la posibilidad de recibir contención real: nadie ve que detrás de la risa todavía hay algo que duele.
¿CÓMO SE TRABAJA ÉSTO EN TERAPIA?
Primero, comprendiendo la función protectora del mecanismo. No se corrige: se RECONOCE. Se VALIDA que esa niña hizo lo que pudo con los recursos que tenía.
Después, el proceso consiste en acercarse de a poco a la emoción real. No se fuerza nada. Se acompaña el momento exacto en que la persona está por sentir y aparece el impulso de reírse. Se observa qué pasa en el cuerpo,qué miedo aparece detrás, qué parte interna se activa. Y desde ahí, con un terapeuta que sostiene, se le muestra a esa niña que hoy sí hay un entorno seguro donde puede sentir sin desbordarse. Que ya no está sola. Que no necesita escapar del contacto emocional como antes.
Con el tiempo, esa defensa empieza a relajarse. La persona puede sentir un poco más sin que eso la rompa. La emoción se vuelve más clara, más tolerable, más verdadera. Y lo que antes estaba encapsulado empieza a integrarse.