08/01/2026
En un rincón escondido del mercado de San Telmo, donde los turistas se agolpaban para comprar relojes antiguos, plumas estilográficas y radios oxidadas, había un puesto sin nombre y sin precios.
Solo un cartel, escrito con tiza blanca sobre una pizarra gastada:
“Se vende tiempo. Sin devoluciones.”
Detrás del mostrador, un hombre de barba blanca y ojos de cobre. Nadie sabía cuántos años tenía. Podía ser un jubilado con buena memoria… o un profeta disfrazado de vendedor.
Aquel día, Clara —una enfermera agotada por turnos eternos y domingos robados— se detuvo frente al puesto. No sabía por qué. Solo sintió que tenía que hacerlo.
—¿Cuánto cuesta? —preguntó, medio en broma.
El hombre la miró sin levantar la cabeza.
—Depende de lo que necesites. Tiempo para qué.
Ella pensó.
—Para volver a mirar a mi hija como antes. Sin prisa. Sin cansancio. Sin culpa.
Él asintió. Buscó en un cajón, sacó un pequeño reloj de arena con arena azul celeste y se lo entregó.
—Esto es solo un recordatorio. El tiempo real ya lo tienes. Pero debes usarlo distinto.
—¿Y si no puedo?
—Entonces vuelve, y lo intentamos de nuevo.
Ella quiso pagar. Él negó con la cabeza.
—Solo te pido una promesa: que no lo guardes en una estantería.
Clara se fue confundida. Pero esa noche, al llegar a casa, dejó el reloj de arena sobre la mesa, apagó el móvil… y se sentó con su hija a leer, como hacía años no lo hacía.
Y algo cambió.
Al día siguiente, otra persona se detuvo: un joven empresario con traje caro y mirada perdida.
—¿Tiene tiempo para volver a aprender a respirar?
El anciano sonrió.
Le entregó un metrónomo.
—Cada tic es un paso hacia ti mismo.
Así, sin anuncios, sin redes sociales, sin descuentos por temporada… el puesto del “hombre que vendía tiempo” comenzó a ser buscado.
Un músico sin inspiración recibió un sobre con el sonido del silencio.
Una anciana viuda recibió un pañuelo bordado con la frase: “Para las lágrimas que aún merecen caer.”
Un niño tímido recibió una brújula que apuntaba siempre a su casa, aunque girara en círculos.
Pero un día, el puesto amaneció vacío.
Solo quedó la pizarra, con una frase nueva escrita en letras torcidas:
“El tiempo no se vende. Solo se recuerda.”
Y debajo, una caja de cartón con objetos que nadie había reclamado: relojes parados, fotografías en blanco, cartas sin destinatario.
Clara volvió, con su hija de la mano.
Vio la pizarra, sonrió… y dejó en la caja el reloj de arena vacío.
—Ya no lo necesito —dijo—. Aprendí a mirarla con los ojos bien abiertos.
Desde entonces, alguien escribió en otra esquina del mercado, sobre una nueva pizarra:
“Se recuerdan maneras de estar presente.”
Y cada tanto, entre el bullicio y los vendedores, aparece un anciano que se sienta en silencio…
…y si lo miras el tiempo suficiente, tal vez te des cuenta de que no estás tan perdido como pensabas.
Texto extraído de la Red
Foto: Museo Cars - Colonia