01/05/2026
from Psicologia Junguiana Hoy
Una persona nos comparte, de forma anónima, una experiencia difícil de nombrar y aún más difícil de admitir: ser madre y no sentir el vínculo con su hijo como esperaba, vivir la maternidad más desde el cansancio que desde el deseo, sentirse desconectada, agotada, aislada y profundamente culpable por no experimentar ese amor en la forma en que se supone debería sentirse.
Este es un tema mucho más frecuente de lo que se dice, precisamente porque está rodeado de culpa y silencio. Existe una idea muy instalada de que el vínculo materno aparece de forma natural, inmediata e incondicional, como si el hecho de ser madre garantizara por sí solo conexión, plenitud y entrega. Pero en la experiencia real de muchas mujeres, eso no ocurre así. Y cuando no ocurre, en lugar de comprensión aparece vergüenza.
No sentir ese “hilo” con un hijo no significa necesariamente falta de amor. Muchas veces significa agotamiento, desconexión psíquica, sobrecarga, duelo por la vida que quedó atrás y una identidad que aún no logra reorganizarse dentro de una maternidad que ha sido vivida más como renuncia que como expansión.
A veces lo que duele no es solo el vínculo con el hijo, sino la pérdida silenciosa de una misma. La mujer que una vez tuvo energía, deseo, autonomía, proyectos, tiempo propio y una identidad más allá del cuidado, de pronto se encuentra absorbida por una vida repetitiva, exigente y poco reconocida. No siempre lo que aparece primero es amor; a veces aparece agotamiento, ambivalencia, encierro y una sensación de haber desaparecido dentro de un rol que consume casi todo.
Y cuando eso ocurre, muchas mujeres no sienten solo cansancio. Sienten culpa por estar cansadas. Culpa por extrañarse. Culpa por no disfrutar como deberían. Culpa por no sentirse suficientes. Entonces no solo sostienen el peso de la maternidad, también sostienen el juicio interno por no vivirla como se esperaba.
Esto no vuelve a esa mujer una mala madre. La vuelve una mujer probablemente agotada, desconectada de sí misma y sosteniendo demasiado sin suficiente red, sin suficiente reconocimiento y sin suficiente espacio psíquico para existir también como persona.
El problema no siempre es falta de amor. A veces es exceso de agotamiento. Y cuando una persona está internamente exhausta, no deja de sentir; empieza a desconectarse para poder seguir funcionando.
La culpa aparece porque todavía hay registro afectivo. Porque importa. Porque duele no sentir como se quisiera. Y eso ya dice algo importante: no hay indiferencia real, hay saturación emocional.
Este tipo de experiencias no necesitan juicio. Necesitan descanso, palabra, espacio propio y, muchas veces, acompañamiento real. No para obligar a sentir distinto, sino para poder empezar a recuperar a la persona que quedó perdida debajo del cansancio.
Porque a veces el problema no es que una madre no ame a su hijo. A veces el problema es que hace demasiado tiempo nadie está sosteniendo a esa madre.