14/01/2026
En octubre de 1846, dentro de un anfiteatro quirúrgico abarrotado del Hospital General de Massachusetts, la medicina cruzó un punto de no retorno.
Hasta ese día, la cirugía era una experiencia de horror absoluto. Los pacientes eran atados a la mesa mientras gritaban de dolor. Los cirujanos competían contra el reloj, no por precisión, sino porque el cuerpo humano no soportaba la agonía por mucho tiempo. Velocidad significaba supervivencia.
Pero esa mañana, William Thomas Green Morton apareció con algo que muchos consideraban una locura: un inhalador de vidrio con éter. Su objetivo era impensable para la época… eliminar el dolor.
Ante médicos incrédulos, Morton colocó la máscara sobre el rostro de Gilbert Abbott, un hombre con un tumor en el cuello. A los pocos segundos, el v***r hizo efecto. Abbott cayó en un sueño profundo.
Entonces ocurrió lo imposible.
Los cirujanos comenzaron a cortar…
y no hubo gritos.
No hubo forcejeos.
No hubo desesperación.
El teatro quedó en silencio.
Cuando la operación terminó y Abbott despertó, pronunció una frase que cambiaría la historia para siempre:
“Sentí como si me hubieran rascado el cuello.”
Así nació el “Día del Éter”, el momento exacto en que la humanidad comprendió que el dolor ya no tenía que ser parte inevitable de la cirugía.
A partir de ese instante, las operaciones pudieron ser más largas, más precisas y más complejas. Las tasas de mortalidad quirúrgica descendieron. Surgieron nuevas especialidades médicas. La cirugía dejó de ser una tortura… y se convirtió en una ciencia.
Cada intervención indolora que existe hoy —cada bisturí usado sin gritos, cada vida salvada sin sufrimiento— tiene su origen en esa sala, en 1846.
Es la prueba de que el progreso comienza cuando alguien se atreve a decir:
el dolor no es destino.