Salud Hable 2025

Salud Hable 2025 Hablemos de salud y nutrición, desde el punto de vista de quienes sufrimos enfermedades metabólicas.

No somos médicos, no damos tratamientos, solo acompañamos a quienes desean convertir su cuerpo en su Médico, usando herramientas de Pensamiento Sistémico

Mi desayuno "típico", huevos tipo perico, aguacate con sal y aceite de oliva, costillas de cerdo y chicharrón, rebanadas...
19/01/2026

Mi desayuno "típico", huevos tipo perico, aguacate con sal y aceite de oliva, costillas de cerdo y chicharrón, rebanadas de queso gouda, acompañado con un café negro. Hora: 9 am, después de 16 horas de haber comido el día anterior (es mi rutina diaria, ya que comer de esta manera me genera saciedad por mucho tiempo y termino comiendo el almuerzo a las 4-5 pm generalmente)

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18/11/2025

4,5 km de caminata a la orilla de la playa, mucho sol, brisa, sonidos hermosos, olores increíbles, con 70 minutos de actividad, el placer sanador de la vida

14/11/2025

ESCAPA DEL IN****NO 2.0 🔥🔥🔥🧨

Durante años he observado algo que nadie quiere decir en voz alta: ningún animal en la naturaleza come trigo. Ninguno. El tigre come carne. El caballo come pasto. La ballena come krill. Los peces comen algas, plancton o presas. Los gorilas comen hojas, raíces y frutos. Los elefantes comen vegetación densa. Cada especie tiene un patrón alimentario coherente con su anatomía y su fisiología. Pero el trigo no es el alimento natural de ningún animal.

Los únicos seres vivos que lo consumen de forma exclusiva son insectos granívoros, especialmente el gorgojo del trigo. Insectos, no mamíferos, no primates, no aves como base de su dieta natural. A pesar de esto, el trigo terminó instalado como el pilar central de la alimentación humana. Y hoy muchas personas repiten la frase “siempre se ha comido trigo y gracias a eso la humanidad no se extinguió”, pero esa afirmación no resiste análisis histórico ni biológico.

Aquí es donde la confusión nace: cuando hablamos de “siempre”, debemos hablar de años concretos.
Los registros arqueológicos más antiguos de cultivo de trigo aparecen hace aproximadamente 10.000 a 12.000 años. Pero la presencia del ser humano en la Tierra es muchísimo más antigua que eso. Si consideramos solo los períodos de historia humana conocidos, organizados, registrados y estudiados —que suman cientos de miles de años— entonces esos 10.000 años de trigo representan menos del 0,4% del tiempo histórico, y más del 99% de toda la vida humana documentada ocurrió sin trigo en la alimentación.

Es decir: el trigo es una incorporación extremadamente reciente en la historia humana. Nuestro organismo no está diseñado para él. La humanidad no sobrevivió gracias al trigo, sino a pesar de él.

Cuando revisamos la historia con atención se revela una constante: las clases acomodadas, los que vivían más tiempo y con menos enfermedad, nunca basaron su dieta en pan. Los alimentos nobles de todas las épocas fueron carne, pescado, aceite de oliva, huevos, lácteos fermentados, frutas, verduras y frutos secos.

En la Antigua Grecia, alrededor del 400 a. C., la esperanza de vida promedio era baja principalmente por mortalidad infantil, infecciones, guerras y partos. Pero quienes superaban esas barreras alcanzaban edades muy elevadas. Sófocles vivió cerca de los 90 años. Pitágoras cerca de 80. Gorgias superó los 100. Todo esto registrado por la historiografía clásica (Diógenes Laercio). La élite consumía alimentos reales, no pan como base nutricional.

En Roma del siglo I, la esperanza de vida global rondaba los 35 años por las mismas razones: mortalidad infantil, guerras e infecciones. Pero aquellos que alcanzaban la adultez podían vivir 60, 70 u 80 años. Nuevamente, el patrón es el mismo: carnes, pescados, quesos, aceite de oliva y productos frescos. El pan era un recurso común entre las clases más pobres, no el alimento principal de quienes vivían con mejor salud (Plinio el Viejo). Lo mismo ocurre durante la Edad Media: los nobles consumían animales de caza, huevos, queso, pescados y frutos secos, mientras que el pan era un alimento esencialmente asociado a la escasez y la monotonía, no a la salud (Geoffrey Chaucer).

En los siglos XVIII y XIX, el patrón se repite: los alimentos de prestigio seguían siendo carnes, pescados, mantecas y lácteos fermentados. Los cereales eran considerados comida del pobre. Todo cambia en el siglo XX. Entre 1900 y 1950, las tasas de obesidad, diabetes y enfermedad metabólica eran extraordinariamente bajas. Esto está documentado en censos sanitarios, registros militares, fotografías y estadísticas de salud (New York Academy of Medicine). Las fotos de escuelas, fábricas, playas y universidades muestran poblaciones delgadas, sin obesidad infantil y con escasa evidencia de enfermedades metabólicas.

Después de la Primera y Segunda Guerra Mundial, con la industrialización de los alimentos y la aparición masiva de productos hechos con harina —galletas, fideos, cereales, panes producidos en masa, dulces y alimentos de larga duración— se observa un aumento progresivo de obesidad y enfermedades metabólicas. La correlación es evidente: mientras más trigo diario entra en la dieta humana, más patologías crónicas aparecen.

Los países donde el trigo no ha sido históricamente la base alimentaria muestran un patrón completamente distinto. Japón sigue teniendo tasas de obesidad muy bajas gracias a una alimentación basada en pescado, arroz, algas, huevos y verduras. Sus criterios diagnósticos de insulina son casi la mitad de laxos que los de Chile o Estados Unidos. Un valor que aquí se acepta como “normal” en 20 o 24, allá es considerado elevado. Japón trabaja con valores cercanos a 11 o 12 como límite metabólico sano (Japan Ministry of Health). Rusia mantiene criterios similares. Esto demuestra que la definición de “normalidad metabólica” no es fisiológica, sino geopolítica.

Otro punto histórico esencial es que el “pan” mencionado en textos antiguos no era equivalente al pan moderno. Era un pan simple, hecho principalmente de cebada o de un trigo primitivo, sin aditivos, sin procesos industriales, sin mejoradores de masa y sin las alteraciones bioquímicas actuales. Era un alimento ocasional, humilde, acompañado de pescados, vegetales, frutas y aceite de oliva (Journal of Biblical Literature). Nada que ver con el consumo diario masivo del trigo moderno.

Hoy, en cambio, se come pan en la mañana, pan al mediodía, pan en la tarde, pan en la noche, más galletas, más fideos, más cereales, más snacks. Todo esto es trigo moderno, no trigo antiguo. Y mientras más aparece en la mesa humana, más vemos aumentar hígado graso, páncreas infiltrado, resistencia a la insulina, inflamación crónica, obesidad, diabetes tipo 2 y enfermedades cardiovasculares. El laboratorio puede tardar en mostrarlo. La ecografía nunca lo oculta.

La introducción forzada del trigo como “alimento base” generó además una confusión profunda en la forma de entender la nutrición. Una de las ideas más repetidas es la noción de que “hay que contar calorías”. Pero ningún animal salvaje cuenta calorías. No existe un tigre obeso preocupado por limitar cuánta carne puede comer. No existe un tiburón sumando cuántos peces debe restringir. No existe un caballo evaluando cuántas calorías tiene el pasto. No existe un gorila confundido intentando medir hojas. En la naturaleza, todo funciona por saciedad, señales hormonales, equilibrio interno y metabolismo intacto.

Si contar calorías fuera la clave real, deberíamos ver leones obesos por comer mucha carne, caballos obesos por comer mucho pasto y peces obesos por comer demasiadas algas. Nada de eso ocurre, porque sus alimentos son los correctos para su biología. La necesidad de contar calorías aparece únicamente cuando se introduce en la dieta un alimento que no pertenece a la fisiología de la especie. Cuando el alimento es disruptivo, el sistema de saciedad falla, la insulina se dispara, la inflamación aumenta, y el metabolismo deja de regularse solo. Desde un punto de vista lógico, esto corresponde a lo que en filosofía se llama “falacia de la premisa falsa”: si la base del razonamiento es incorrecta, todo lo que se construye encima también lo será. Creer que el trigo es un alimento natural genera una cadena completa de conclusiones erróneas sobre nutrición, peso corporal y salud.

Otro aspecto científico fundamental es la modificación del trigo moderno. Durante la segunda mitad del siglo XX, el trigo fue alterado mediante un proceso conocido como mutagénesis inducida. Este método utilizó radiación gamma y rayos X para generar cambios en las semillas con el fin de obtener plantas más cortas, más densas y más productivas (FAO; IAEA; Mutation Breeding Review). Estas plantas nunca existieron en la naturaleza. Fueron creadas para aumentar el rendimiento agrícola. De hecho, las variedades semienanas de la Revolución Verde, muchas descendientes de la línea japonesa Norin 10 y de programas agrícolas del CIMMYT, reemplazaron casi por completo al trigo tradicional.

Esta alteración produjo cambios profundos en la estructura bioquímica del grano, especialmente en su amilopectina A, un tipo de almidón que se digiere extremadamente rápido. Estudios clínicos demuestran que la amilopectina A eleva la glicemia y la insulina más rápido que muchos azúcares simples, promueve resistencia a la insulina, hígado graso, inflamación crónica y aumento acelerado de grasa visceral (American Journal of Clinical Nutrition; Diabetes Care; The Lancet – Metabolic Disorders). Este no es un alimento neutro: tiene efectos metabólicos directos y medibles.

A esto se suma que los productos basados en trigo suelen incluir conservantes y mejoradores de masa. Entre ellos está el bromato de potasio, clasificado como posible cancerígeno, prohibido en Europa, Canadá, Brasil, China y otros países, pero aún presente en algunos productos panificados en partes del mundo (IARC).

Existe además un punto crítico que rara vez se discute: cuando se modificó el trigo moderno mediante radiación, no se realizaron estudios de seguridad en humanos. En medicina, cualquier molécula alterada pasa por un proceso estricto de validación: pruebas en laboratorio, pruebas en animales, fases clínicas I, II y III, y seguimiento de varios años. Pero en el caso del trigo, un alimento que la gente consume todos los días, esto no ocurrió. No se evaluó toxicidad, no se midió el impacto metabólico, no se estudió su efecto inflamatorio ni endocrino. Se introdujo directamente a la población porque su objetivo no era mejorar la salud, sino aumentar el rendimiento agrícola. Desde una perspectiva médica, esto equivale a un experimento masivo no controlado.

A partir de 1950, la incidencia de cáncer en el mundo occidental comenzó a aumentar progresivamente, especialmente cáncer de colon, hígado, páncreas, mama y endometrio (International Agency for Research on Cancer). Ese aumento coincide temporalmente con la expansión de productos hechos con harina: galletas, cereales, pasteles, panes industriales y alimentos ultraprocesados derivados del trigo. La evidencia científica moderna es clara: el cáncer surge en un terreno inflamado. La inflamación crónica de bajo grado es uno de sus detonantes más importantes (New England Journal of Medicine). Y el trigo moderno, consumido todos los días, produce justamente ese tipo de inflamación persistente.

Por eso, cuando se habla de “buscar la cura del cáncer”, llama la atención que casi no se hable de la causa. Y la causa, en gran parte, está en la inflamación metabólica. La verdadera medicina empieza antes: en la prevención. Evitar el trigo no es un capricho ni una moda. Es una decisión coherente con la fisiología humana y con los datos epidemiológicos. La verdadera cura del cáncer comienza antes de que aparezca: evitando aquello que inflama silenciosamente al organismo día tras día.

— Dr. Salinas
Noviembre 2025
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08/11/2025

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