03/03/2026
Hay algo que he escuchado con mucha frecuencia en terapia de pareja últimamente. ✨️
Mujeres que, casi sin darse cuenta, empiezan a verse a sí mismas en un rol que no desean: regañando, recordando pendientes, dando indicaciones, supervisando… sintiéndose más como una madre que como una compañera.
Desde fuera, algunas personas lo explican como “energía masculina en la mujer”. Pero desde una mirada terapéutica, lo que suele estar ocurriendo es algo más relacional.
Con frecuencia, esta dinámica aparece cuando uno de los miembros, muchas veces el hombre, aunque no exclusivamente, no está asumiendo acuerdos, posterga responsabilidades, evita decisiones o deja tareas sin cumplir en el tiempo pactado. Ante esto, la otra parte entra en acción para sostener el funcionamiento del sistema.
No necesariamente porque quiera controlar, sino porque alguien tiene que resolver. Porque hay hijos, cuentas, compromisos, vida cotidiana. Porque la relación se sigue narrando como un equipo.
Y entonces se activa un movimiento compensatorio: si uno no toma iniciativa, el otro la toma. Si uno se detiene, el otro acelera. El sistema busca equilibrio.
Pero este intento de equilibrio tiene un costo.
Ella comienza a experimentar frustración e impotencia: “Si no lo hago yo, no pasa”.
Él comienza a experimentar crítica y desconfianza: “Nunca estoy a la altura, siempre me corrige”.
Y así, sin que ninguno lo haya planeado, quedan atrapados en una danza circular: cuanto más ella supervisa, más él se retira; cuanto más él se retira, más ella supervisa.
No se trata de quién tiene la razón. Se trata de cómo la interacción se vuelve el problema.
En terapia sistémica breve no buscamos culpables, buscamos patrones. Y, sobre todo, buscamos excepciones.
¿Ha habido momentos en los que sí lograron funcionar como equipo sin caer en esta dinámica?
¿Qué estaba ocurriendo distinto ahí?
¿Qué hacía cada uno que sí contribuía al equilibrio?
Porque si alguna vez lo hicieron diferente, significa que la capacidad está en la relación.
A veces el trabajo no es que ella deje de “mandar” ni que él “se vuelva otro hombre”, sino que ambos puedan reorganizar acuerdos, tiempos y expectativas, devolviéndose mutuamente responsabilidad y confianza de forma concreta y observable.
Y entonces la pregunta no es:
“¿Por qué eres así?”
Sino:
“¿Qué necesitamos hacer distinto para que ninguno tenga que ocupar el rol que no quiere?”
Te leo.
¿Te ha pasado algo parecido?
¿De qué forma lo han resuelto?
En consulta, me gusta partir de algo muy sencillo pero poderoso: identificar qué sí está funcionando, aunque sea en pequeñas dosis. Porque ahí suele estar la puerta de salida.
✍️ Psic. Alicia Cuentas Teosol.